De la experimentación a la implantación
Durante buena parte de la última década, tokenizar en servicios financieros significó una prueba de concepto. Una entidad emitía un bono pequeño en un registro privado, publicaba un caso de estudio y ahí terminaba el ejercicio. La tecnología funcionaba. El caso de negocio rara vez sobrevivía al contacto con la infraestructura a la que pretendía sustituir.
Eso ha empezado a cambiar, de forma concreta y acotada. La actividad que pasa a producción se concentra allí donde los raíles blockchain resuelven una fricción operativa real, y no donde permiten una demostración vistosa.
La primera semana de agosto de 2026 ofrece una ilustración condensada. Schroders obtuvo la aprobación del Banco Central de Irlanda para una clase tokenizada de un fondo monetario en dólares, emitida como gemelo digital de una clase existente sobre la plataforma Kinexys de J.P. Morgan, con la transferencia de participaciones entre clientes, el uso como colateral y la gestión continua de tesorería citados como aplicaciones previstas; BlackRock había lanzado días antes clases tokenizadas de fondos monetarios europeos sobre una base comparable. Esa misma semana, Wells Fargo anunció depósitos tokenizados para determinados clientes corporativos y comerciales: comenzando por transferencias en dólares y libras sobre la blockchain propia del banco, con ampliación prevista a lo largo de 2027 y explícitamente planteados para permanecer dentro del sistema bancario regulado y con garantía de depósitos.
Del conjunto conviene retener dos cosas. Son plataformas permisionadas operadas por bancos, y no redes públicas, las que canalizan esta actividad. Y en cada caso una misma entidad ocupa varios puntos de la cadena —J.P. Morgan es a la vez la plataforma de tokenización y el agente de transferencias existente—, lo que responde a la pregunta de quién mantiene el registro definitivo y constituye, a la vez, una concentración que conviene tener presente.
Conviene subrayar el hilo común, porque es justo lo contrario de cómo se vendió la tokenización en su día. No se trata de nuevas clases de activo. Son instrumentos existentes, bien comprendidos y regulados de forma conservadora, emitidos y movidos sobre otros raíles. Es una afirmación mucho más modesta, y bastante más creíble.
Los estudios institucionales apuntan en la misma dirección. En la encuesta a inversores institucionales de EY-Parthenon y Coinbase de 2026, realizada en enero de 2026 entre 351 entidades de todo el mundo —gestoras, propietarios de activos, hedge funds, banca privada, family offices y firmas de capital riesgo—, el 63% de los encuestados declaró interés en invertir en activos tokenizados y el 61% esperaba que la tokenización tuviera un efecto significativo sobre la negociación, la compensación y la liquidación en un horizonte de tres a cinco años. La intención declarada no es despliegue, y en esa distancia viven casi todas las preguntas interesantes.